Globalización y degeneración

enero 11, 2008

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La imágen que desprende una mirada posmoderna causa un antojo de parálisis en la médula de los intelectuales y el odio de la sociedad hacia los mismos. Se observa a su alrededor entes con dirección inconclusa, un espectáculo muchas veces visto al “pisar” la realidad y la cotidianeidad que desprende del más remoto hábito, el Ser prejuicioso. Lo indemne queda para subyugar con gratitud la vida agolpada de bienes materiales y la exclusión de lo espiritual, lo que inspiró el señor Nietzsche sin más; el planteamiento externo de la espiritualidad indivudual, el Dios muerto, la perfección, la elevación; volcándonos en la mímesis de Aristóteles, esa imitación del hombre con los medios reales, de los hechos, etc. Luego de un agravio en la historia universal, pareciera ser que todo lo que se refería a elevación en el ámbito del progreso, derivó a priori desde la caída del imperio romano pasando por el colonialismo (primeras instancias) y a posteriori -actualidad- en acentuar la tecnología, la producción de medios, la ciencia incauta por innato, la elevación -esta vez- de lo virtual por sobre lo real, la adoración de binómios, de chips, de aparatos… el declive de la vida individual estándar y la llegada de la complacencia abismal. Todo un festín que resultó el posible y lastimoso “progreso” desde la utilización de la rueda de piedra hasta la utilización del celular/móvil-adicción juvenil, el tiempo como condicionante que obliga a “caminar corriendo”, a quedarnos ciegos frente a todo lo que realizamos, ciego frente al otro, ciego frente a uno mismo y precisamente no me refiero a una enfermedad ocular…

Lo que actualmente percibimos es la Aldea Global, la descripción más acertada para ejemplo de hoy en día, la utilizada por McLuhan, la descripta como herramienta de comunicación desde el inicio hasta el hoy, y quizás hacia el futuro ideal-lo no constructivo. Para Heidegger, la tecnología obliga al hombre y la naturaleza a trabajar con el mismo horario racionalista, las mismas “exigencias irrazonables” que el hombre se hace a sí mismo; a esto mismo se le sumó el existencialismo de Sartre que acudía a que la libertad eliminaba los últimos vestigios de la creencia iluminista en el hombre como ser social. En esta medida, no es nada asombroso que estemos inmersos en un consumismo desmedido y en un vaivén de desinformación y su heredera infromación, cabalgando vagamente por el horizonte de vida sin mirar antes nuestros pies. Contamos como elementos placenteros el tener un jardín con rosas, una mascota no deseada, una televisión -que si no es LCD no es “la televisión”-, un acabado y poco recurrido medio radial, una elegante computadora, una contaminación visual, un lindo automóvil último modelo que si no cuesta más de 300.000 dólares entonces no se considera como medio de transporte que, aunque todavía posea cuatro ruedas, estas sean impulsadas por “tubos” que nos lleve de un lugar X a otro en menor cantidad de tiempo y luego el final no es agradable; con esto quiero llegar a la rapidez de trasladar información de un punto del planeta al otro sin mayor complicación, algo verdaderamente inimaginable en el siglo XIV, donde se mandaba información en barcos y tardaban bastantes días en llegar al punto deseado. Acostumbrados a recibir las noticias al instante, en cuestión de segundos, presenciar -por ejemplo- la caída de las Torres Gemelas en directo, sin cortes ni dificultades técnicas, la humillación del símbolo del mundo golpeada por una navaja y unos hombres al descubierto, ignorar las sofisticadas alarmas del primer mundo, traspasar el “honor” del orden mundial, la caída inminente de las estructuras, la respuesta de una supuesta justificación, extrañar más lo material que las vidas que se desvanecieron en el intento de salvación, del egoísmo mutuo, el control del Estado sobre la ciudadanía como implemento de la amenaza, el liberalismo como postura, la visión propia de Hobbes apoyada en el realismo, en el decir social; en fin, en el propio mundo de nuestras avaricias, de las estupideces de Darwin y su “evolución” mucho antes pensado por Spencer, el pesimismo racial de Gobineau, la revolución lombrosiana y su equivocada fórmula de descifrar los verdaderos criminales en aspectos humanos que al fin y al cabo no tenía nada que ver con las acusaciones dadas y demás. La posible asociación de la degeneración con la sociedad industrial, a la que Féré sostenía que los efectos ambientales explicaban el incremento del desvío social, la vida urbana moderna, el ritmo frenético, las exigencias que estimulaban los nervios de los débiles mentales y las clases bajas causando el agotamiento y el delito. Por su parte, Nordau, pensaba que la única esperanza de la civilización europea eran sus trabajadores y los degenerados se encontraba en la aristocracia, en las clases más altas. El marxismo explicaba y defendía los derechos del obrero y la necesidad de abolir el estado burgués, quzás de forma autoritaria y el control del primero por sobre el último, se daba paso al socialismo y al materialismo.

En la sociedad del consumismo somos un número, quizás no etiquetado como ganado, pero lo tenemos en una base material que muchas veces lo llevamos con nosotros mismos para la identidad personal frente al Estado Nacional, aunque varias razones justifica que no es muy eficaz. Pertenecer a ésta realidad, deriva en pertenecer a un mercado no tan libre y con una demanda superior a la oferta (en ámbitos tecnológicos) da a conocer que siempre vivimos en lo “apresurado” y el descontrol irresponsable, la violación a los derechos humanos dan a conocer también que tantos años de leyes y decretos no sirvieron para nada en el mando soviético en aquellos tiempos de genocidios manteniéndose hasta hoy en día, que se degeneraron particularmente al terrorismo masivo. Es, sin duda, una incómoda vivencia en el siglo XXI.

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